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👉 Fuente: Xataka
En los últimos tiempos ha crecido el uso de términos como “apego ansioso” o “trauma infantil” para explicar comportamientos cotidianos de niños y adultos, pero expertos y análisis recientes señalan que esta tendencia puede estar confundiendo educación, desarrollo emocional y simples diferencias de conducta con diagnósticos clínicos reales, con riesgos para el bienestar infantil y familiar.
La “cultura del trauma” y sus límites
En un análisis reciente de psicología aplicada, la experta Ángela Fernández señala que la psicología moderna corre el riesgo de patologizar comportamientos normales, atribuyéndoles un trasfondo de trauma o apego ansioso cuando muchas veces se trata de diferencias de carácter, educación o estilos de relación. Esta postura pone el foco en que no todo malestar, frustración o dificultad en la interacción es un trastorno clínico.
Hablar de trauma cada vez que hay un conflicto interpersonal o un niño inquieto puede tener efectos contraproducentes: banaliza los trastornos reales, dificulta los procesos naturales de aprendizaje y recuperación, y fomenta una dependencia del sistema de salud para situaciones que no implican deterioro funcional significativo.
¿Qué es el apego ansioso y cuándo sí importa?
Aunque el artículo cuestiona la tendencia a sobrediagnosticar, la psicología del desarrollo sí reconoce el concepto de apego como parte de cómo los vínculos tempranos influyen en el desarrollo emocional. La teoría del apego indica que la forma en que un niño se relaciona con sus cuidadores en la infancia -segura, ansiosa, evitativa o desorganizada- puede modelar expectativas sobre relaciones futuras y estrategias de regulación emocional en la vida adulta.
Por ejemplo, estudios muestran que en adolescentes con apego ansioso existe una tendencia a buscar cercanía mientras se teme el abandono y se necesita constante validación emocional, mientras que otros estilos como el evitativo implican distancia emocional y autosuficiencia.
Sin embargo, tener un estilo de apego inseguro no es en sí un trastorno psiquiátrico; es un patrón relacional que puede aparecer en contextos de crianza variada y que no siempre requiere intervención clínica. La clave está en diferenciar entre estilos de vínculo y problemas clínicos que afecten la funcionalidad cotidiana.
Psicopatologizar la infancia: riesgos y confusión
Una preocupación derivada de esta tendencia es que conductas infantiles normales —como inquietud, timidez, resistencia a ciertas normas o dificultades escolares pasajeras— se etiqueten como trastornos. Cuando se equipara comportamiento desafiante con diagnóstico clínico (por ejemplo, TDAH, trauma severo o apego patológico), se corre el riesgo de:
- Etiquetar a niñas y niños prematuramente sin una evaluación integral.
- Ignorar el papel de la educación, límites y contexto familiar en la conducta.
- Sobremedicalizar reacciones naturales como frustración o ansiedad leve.
- Reducir la responsabilidad de aprendizajes sociales y emocionales saludables.
Expertos alertan de que solo un profesional clínico puede evaluar y diagnosticar trastornos reales, basándose en criterios reconocidos internacionalmente y en un deterioro funcional claro, no en interpretaciones generales o modas del lenguaje.
Diferenciar situación cotidiana de problema clínico
Para familias y educadores, una guía útil es preguntarse si un comportamiento:
- Interfiere de forma significativa con la vida cotidiana, el juego, la escuela o las relaciones sociales.
- Se mantiene de manera persistente y generalizada, más allá de situaciones específicas.
- Va acompañado de deterioro emocional profundo, aislamiento o incapacidad funcional.
Si la respuesta es sí, puede ser pertinente consultar a un profesional de la salud mental. Si no, muchas veces las conductas reflejan etapas normales del desarrollo, necesidades de límites o estilos de relación aprendidos, no un trastorno clínico.
Consejos para familias
- Observar con empatía pero sin sobrediagnosticar: diferencias de personalidad o temperamento no siempre implican un trastorno.
- Fomentar habilidades sociales y emocionales desde casa y la escuela (como tolerancia a la frustración, comunicación y autonomía).
- Buscar ayuda profesional cuando hay impacto funcional real, no solo incomodidad o desafíos esperables.
- Combinar educación, límites y apoyo emocional para acompañar el crecimiento, sin convertir cada reto en un diagnóstico.
