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👉 Fuente: NAIZ
Un nuevo estudio científico sugiere que los niños que pasan mucho tiempo frente a pantallas antes de los dos años pueden desarrollar patrones cerebrales diferentes que se asocian con dificultades en la toma de decisiones y más ansiedad en la adolescencia, aunque prácticas como la lectura compartida con los padres pueden mitigarlo.
El desarrollo cerebral en los primeros años y el papel del entorno
Los primeros años de vida son un periodo de máxima plasticidad cerebral, cuando las conexiones neuronales se forman y refinan rápidamente en respuesta a las experiencias del entorno. En ese contexto, un estudio longitudinal hecho por investigadores de la Universidad Nacional de Singapur ha observado que una mayor exposición a pantallas antes de los dos años se relaciona con una maduración acelerada de ciertas redes cerebrales implicadas en el procesamiento visual y el control cognitivo.
Este tipo de desarrollo acelerado no es necesariamente positivo: cuando las conexiones cerebrales se especializan demasiado rápido, puede limitar la flexibilidad mental y la capacidad para pensar de forma compleja más adelante, un aspecto clave para habilidades ejecutivas como resolver problemas, adaptarse a situaciones nuevas o controlar emociones.
Los menores con mayor exposición temprana a pantallas tardaron más en tomar decisiones en pruebas cognitivas alrededor de los 8,5 años y mostraron niveles más altos de ansiedad a los 13 años, según el seguimiento.
Impacto social y educativo de la exposición digital precoz
Las conclusiones del estudio ponen de relieve un punto importante para familias y educadores: el uso de dispositivos digitales en la primera infancia tiene implicaciones que parecen persistir años después, no solo a nivel de comportamiento, sino también de estructura y función cerebral.
Esto no significa que toda pantalla sea dañina, sino que el contexto de uso importa: la exposición pasiva y en exceso, sin interacción social ni estímulos complementarios, se asocia con estos patrones menos adaptativos de desarrollo. Por eso, entender cómo y cuándo los niños acceden a la tecnología es relevante para la salud educativa y emocional de la infancia.
Desde una perspectiva de crianza y desarrollo infantil, esta evidencia científico-social subraya la importancia de promover experiencias ricas en interacción humana, lenguaje y juego activo, especialmente en los primeros años de vida, cuando el cerebro está más sensible al entorno.
La lectura compartida como factor protector
Un hallazgo relevante del trabajo es que la lectura compartida entre progenitores e hijos puede contrarrestar algunos de los efectos observados.
La lectura en voz alta con adultos proporciona interacción recíproca, exposición al lenguaje y conexión emocional, elementos que se cree ayudan a fortalecer redes cerebrales de regulación emocional y cognitiva que no se promueven con el consumo pasivo de pantallas.
Para familias, esto refuerza una recomendación práctica frecuente en pedagogía y psicología del desarrollo:
- Fomentar momentos diarios de lectura conjunta, contacto afectivo y actividades sin pantallas.
- Establecer rutinas de uso de dispositivos que respeten el ritmo y necesidades del niño, evitando el consumo excesivo en edades muy tempranas.
- Priorizar experiencias presenciales y sensoriales en el juego y la exploración sobre el uso pasivo de dispositivos.
Reflexión y límites en el uso tecnológico
Aunque los dispositivos digitales forman parte de la vida moderna, los expertos insisten en que su uso en los primeros dos años debe ser especialmente moderado y supervisado. Esta recomendación se alinea con guías de organizaciones sanitarias que aconsejan evitar la exposición a pantallas en la primera infancia o reservarlas para actividades interactivas con un adulto acompañante.
Recursos complementarios
- Early Childhood Development and Screen Time Toolkit, American Academy of Pediatrics.
- Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age, World Health Organization.
