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👉 Fuente: La Voz de Galicia
Es una de las quejas más frecuentes en las consultas de orientación familiar: hijos que muestran un comportamiento ejemplar en la escuela o con desconocidos, pero que despliegan actitudes desafiantes, gritos o desprecio en el hogar, específicamente hacia la madre. Según explica el experto en adolescencia Carlos Rodríguez, esta dinámica, lejos de ser un síntoma de fracaso educativo, responde a un mecanismo psicológico profundo basado en la seguridad del vínculo afectivo.
La paradoja de la confianza en la crianza
Resulta desconcertante y doloroso para muchas madres observar cómo sus hijos, especialmente durante la adolescencia, parecen reservar su peor versión para ellas. Sin embargo, desde la psicología evolutiva y la pedagogía, este fenómeno tiene una lectura contraintuitiva: el conflicto se manifiesta allí donde existe la certeza de que el vínculo no se romperá.
Carlos Rodríguez, docente y divulgador, señala que este comportamiento selectivo es, en esencia, una «prueba de carga» de la relación. Los niños y adolescentes necesitan un espacio donde liberar la tensión acumulada, y lo hacen con quien perciben como incondicional. Si un hijo sintiera que el amor de su madre depende de su buen comportamiento, probablemente reprimiría sus emociones negativas por miedo al rechazo o al abandono. Por tanto, la explosión emocional en casa es, paradójicamente, un indicador de un apego seguro: el niño sabe que, pase lo que pase, su madre seguirá estando ahí.
El rol de la figura de apego como «contenedor emocional»
Para comprender teóricamente por qué esto ocurre mayoritariamente con las madres (o la figura principal de cuidados), es necesario remitirse a la Teoría del Apego formulada por John Bowlby. Según este marco, la figura de apego actúa como una «base segura» desde la cual el niño explora el mundo y a la cual regresa en momentos de estrés.
En la dinámica diaria, la madre a menudo cumple la función de «contenedor emocional». Wilfred Bion, psicoanalista británico, teorizó sobre la función de reverie materna, que consiste en la capacidad de recibir las emociones desorganizadas, angustiantes o violentas del niño, metabolizarlas y devolverlas de una forma manejable. Cuando un adolescente «vomita» su malestar sobre su madre, está utilizando inconscientemente esta función reguladora. No busca herir, sino depositar un malestar interno que no sabe gestionar por sí mismo, confiando en que el adulto podrá soportarlo sin desmoronarse.
El fenómeno del colapso postescolar
Otro factor crucial que explica esta disparidad de comportamientos es lo que en psicología anglosajona se denomina after-school restraint collapse (colapso de la contención después de la escuela). Durante el día, los niños y adolescentes realizan un esfuerzo cognitivo y emocional titánico para adherirse a las normas sociales, rendir académicamente, gestionar la presión de grupo y controlar sus impulsos en el entorno escolar.
Este autocontrol consume gran parte de sus recursos ejecutivos ubicados en la corteza prefrontal. Al llegar a casa y cruzar el umbral de seguridad, el cerebro «baja la guardia». La fatiga del autocontrol provoca que la capacidad de regulación emocional disminuya drásticamente. El hogar se convierte en el espacio de descompresión y la madre, al ser la figura de mayor confianza, se convierte en el receptor de esa descarga de cortisol y frustración acumulada.
Neurobiología adolescente y la búsqueda de individuación
En el caso específico de los adolescentes, se suma el proceso de reorganización cerebral. Durante esta etapa, el sistema límbico (encargado de las emociones y la búsqueda de recompensa) está hiperactivo, mientras que la corteza prefrontal (encargada del juicio y el control de impulsos) aún no ha madurado completamente.
Rodríguez apunta que el adolescente necesita diferenciarse de sus padres para construir su propia identidad. Este proceso de individuación requiere, casi biológicamente, una oposición a la figura con la que se ha estado más fusionado, que suele ser la madre. El rechazo, la crítica o el desafío son herramientas —torpes y dolorosas— que el cerebro adolescente utiliza para decir «yo soy distinto a ti». Es una lucha por la autonomía que solo puede darse en un entorno donde el adolescente se siente lo suficientemente seguro para «atacar» sin temer la destrucción de la familia.
Estrategias para gestionar la hostilidad sin dañar el vínculo
Entender que este comportamiento tiene una raíz evolutiva y de confianza no significa que deba permitirse la falta de respeto continua. El desafío para las familias reside en validar la emoción subyacente sin tolerar conductas abusivas. Los expertos sugieren cambiar la perspectiva: no tomar los ataques como algo personal, sino como síntomas de un proceso de maduración y de una necesidad de regulación externa.
Algunas pautas para manejar estas situaciones incluyen:
- Diferenciar entre la emoción y la conducta: validar que el hijo esté enfadado o estresado, pero marcar límites claros sobre cómo se expresa esa ira (sin insultos ni violencia).
- Evitar el «efecto espejo»: cuando el adolescente grita, el adulto debe intentar mantener la calma para actuar como corregulador, en lugar de escalar el conflicto.
- Buscar momentos de conexión fuera del conflicto: fortalecer la relación cuando las aguas están calmadas ayuda a amortiguar los momentos de tensión.
- Recordar que ser el «lugar seguro» es agotador pero fundamental: el objetivo a largo plazo es que el hijo interiorice esas herramientas de regulación que ahora externaliza en la madre.
Recursos complementarios
- La adolescencia. Una época de oportunidades, UNICEF.
- El cerebro de los adolescentes: 7 cosas que usted debe saber, National Institute of Mental Health.
- Parenting Adolescents, American Psychological Association.
