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La reciente alerta sobre la retirada de gominolas con CBD comercializadas como alimento común me ha hecho volver a pensar en algo que hace ya años me vino a la mente.
Y es que esta no es solo una anécdota de seguridad alimentaria: es el síntoma de una sociedad que, a veces, confunde la libertad de consumo con la falta de criterio; no, no a la hora de consumir: hablo de la falta de criterio en la protección de los más vulnerables.
El CBD: ciencia frente a estigma
Empecemos por lo fundamental para evitar malentendidos: el cannabidiol (CBD) no es «el coco». Es un compuesto de la planta de cannabis que, a diferencia del THC, no tiene efectos psicoactivos. De hecho, la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ha confirmado en sus informes técnicos que el CBD es generalmente bien tolerado y no muestra potencial de abuso o dependencia. Sus aplicaciones en el tratamiento de la epilepsia refractaria o el dolor crónico están respaldadas por evidencias crecientes.

El problema, por tanto, no radica en la sustancia en sí, sino en el vehículo y el mensaje. Que algo sea beneficioso para un adulto en un contexto terapéutico no lo convierte automáticamente en un ingrediente apto para el consumo generalizado, y mucho menos para ser ingerido en forma de golosina.
La fuerza de las modas: ¿Consumo consciente o inercia colectiva?
Hubo un tiempo en que el cannabis era un tema tabú. Hoy, gracias a una campaña de marketing global, se ha convertido en un ingrediente «estrella» de la cosmética y el estilo de vida wellness. Esta normalización tiene una parte positiva: el fin del estigma y el acceso a remedios naturales útiles. Sin embargo, las modas nos hacen consumir por imitación, dejándonos llevar por el «es natural» sin preguntarnos si realmente necesitamos ese suplemento.
El CBD se ha vuelto «cool» y su iconografía -la omnipresente hoja verde- se utiliza para vender desde calcetines hasta refrescos. Pero esa estética, que en un adulto puede ser una declaración de intenciones, en un niño es una señal visual confusa que normaliza el contacto con sustancias activas mucho antes de que tengan capacidad de discernimiento.
El formato «golosina»: una irresponsabilidad de diseño
Aquí es donde debemos ponernos serios. ¿Qué necesidad real hay de que el CBD se venda en forma de ositos de colores?
Para un niño pequeño, una gominola es el objeto de deseo por excelencia. Al introducir estos productos en casa con un formato idéntico al de los dulces, estamos rompiendo la barrera de seguridad.
La situación es tan preocupante que instituciones como la FDA (EE. UU.) han emitido alertas específicas sobre el riesgo de ingesta accidental de estos productos por parte de menores. Lo que para un adulto es una dosis controlada, para un niño de pocos kilos puede suponer una toxicidad aguda que afecte a su sistema nervioso en desarrollo.

Sin tabúes, pero con etapas evolutivas
Hablar de drogas no debería ser un tema prohibido, pero cada conversación tiene su momento. No hay ninguna necesidad pedagógica de que un niño de preescolar se exponga a la imagen de una sustancia que nosotros mismos hemos «estilizado» para que parezca moderna.
En Europa, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) mantiene en suspenso la evaluación del CBD como «nuevo alimento» debido a las lagunas sobre su seguridad a largo plazo en ciertos grupos de población.
Si la ciencia aún pide cautela para los adultos, ¿por qué permitimos formatos que invitan directamente a la confusión infantil? Cualquier otro producto natural ofrece mejores beneficios para ellos sin necesidad de coquetear con estéticas de consumo adulto.
Reflexión final: el derecho a una infancia protegida
No se trata de ser un gruñón ni de estar en contra del progreso o de los beneficios de la planta. Se trata de sentido común. Está muy bien que el CBD aporte bienestar a quien lo necesite, pero si el envase y el producto parecen un paquete de chuches de toda la vida, estamos ante un fallo de diseño social grave y ante una falta de ética (o inconsciencia, quisiera creer) evidente.
Las chucherías, de por sí, ya son un problema de salud pública por su relación con la caries y la obesidad, como recuerda la Asociación Española de Pediatría (AEP) en sus guías de prevención.
Pero hoy el debate es otro: el derecho del niño a no ser el público objetivo, ni siquiera accidental, de productos para adultos. Proteger la infancia es, también, mantener los límites claros entre lo que es un dulce y lo que es una sustancia con efectos biológicos complejos.
